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Servilletas Amarillas y Otras Historias de la Vida Real

Servilletas Amarillas y otras Historias de la Vida Real

“Servilletas Amarillas y Otras

Historias de la Vida Real”

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Servilletas Amarillas y otras Historias de la Vida Real es un libro que nos transporta a nuestra propia niñez y adolescencia. Nos lleva a recordar las travesuras y a sentir de nuevo la emoción, el candor y la inocencia de niñez. Es una colección de anécdotas de la vida cotidiana de una familia de cinco hijos, en la que los personajes principales son los tres hermanos intermedios. Cada una, las historias de Servilletas Amarillas nos cuenta la historia de la autora desde niña y hasta su vida adulta ya casada e incluso con hijos.
Abarcan una época de la ciudad de México, que va desde los años sesenta hasta la actualidad, pasando por eventos como las Olimpiadas de México en 1968 y la llegada del hombre a la Luna.

Desde los ojos de una niña traviesa e ingenua, que nos comparte su primera visión de las cosas, podemos ver las peleas con los hermanos, las maldades inocentes, los primos, las tías, la servidumbre, las mascotas, como perros, gatos, patos, gallos, sea monkeys e incluso azotadores, los juguetes que nunca se olvidan, la relación con los vecinos, las primeras salidas sin adultos, el peligro de algunas travesuras, entre otras.

También podemos leer aventuras de adolescencia, los primeros desafíos a la autoridad, las travesuras de los hijos, la amistad, el peligro de algunas aventuras, los secretos, los sabores y muchas más. Cosas por las que pasa cualquier niño que harán que el lector recuerde su propia infancia y las travesuras de su niñez.

En Servilletas Amarillas y otras Historias de la Vida Real también podemos encontrar algunos cuentos basados en eventos reales que nos traen a la cabeza insectos, solteronas, vendedores ambulantes, calcetines y hasta Dios.

Dos veces anunció mi mamá que se casaba por segunda vez. La primera le creí y no sucedió y la segunda, que no le creí, sucedió.

Junto con su nuevo marido llegaron a la casa muchas cosas. Y otras, que habían estado con nosotros por años, se fueron. Entre ellas, los muebles del comedor y parte de la sala. El comedor dejó de ser redondo y ese extraño sillón sin respaldo desapareció. El orden de las cosas en la casa cambió Y así, arriba, amontonado en un lugar extraño en el hall de la tele, un día apareció un sillón verde. Nos desconcertó su presencia. No hacía juego con los sillones que ahí habitaban, que por cierto eran muy divertidos, pues sus cojines hacían las veces de trineo: nos sentábamos en ellos y nos deslizábamos escalera abajo, cual montaña nevada. Y además, el sillón verde estorbaba al paso. Decidimos demostrar nuestro enojo no sentándonos en él. No era nuestro, y ver la tele desde ahí era impensable.

Una noche mi mamá y su nuevo marido salieron a cenar. Mi hermano mayor, quién sabe porqué (gracias a Dios) no estaba. Mis otros hermanos Luis y Javier no sé si estaban o no, pero no obstaculizaron de ninguna manera lo que sucedió esa noche. Y de hecho, cuando a la mañana siguiente le contamos a Luis lo que había pasado, ni nos creyó. Y como Javier era un bebé, pues no le contamos nada.

El caso es que Jorge y yo nos quedamos solos para hacer lo que quisiéramos. Al principio, lo que quisimos, fue ver la tele. Pero los comerciales nos distrajeron del programa que veíamos, y así fue como de repente dejamos de verla y nos percatamos del sillón verde. Lo criticamos ampliamente, pues nos disgustaban tantos cambios que estaba fuera de nuestro control. Y entre juegos, llegamos a la conclusión de que el sillón verde no combinaba y que lo mejor era que se fuera.

—Que se vaya –decidimos.

Y sin pensarlo más, nos pusimos manos a la obra: volteamos el sillón, lo pusimos de frente a la escalera y lo empujamos para que fuera bajando los escalones.

La manera como fue bajando la escalera nos causaba muchísima risa. Casi ni era necesario empujarlo. Al llegar al descanso de la escalera, nos asombró lo bien que cabía. Era del mismo tamaño, por lo que embonó perfecto. Jorge y yo pasábamos por el sillón como si fuera parte de la escalera, y subíamos y bajábamos una y otra vez en pijama, muertos de risa, pisando el sillón.

Justo cuando estábamos más contentos, nos dimos cuenta de la hora.

—¡Ya va a llegar mamá! –nos dijimos, asustados.

Si encontraba el sillón verde a media escalera estaríamos en serios problemas.

—Hay que subirlo.

De tantas veces que habíamos pasado por encima del sillón, había ido embonando cada vez más en el descanso de la escalera, como si hubiera sido fabricado para ese preciso lugar. No es lo mismo bajar un sillón que subirlo, por eso, cuando quisimos levantarlo descubrimos que era demasiado pesado para nosotros. Por más que empujábamos, el sillón no se movía y los minutos seguían pasando. ¿Qué les diríamos? Jamás creerían que se nos había caído por accidente o que les queríamos dar una sorpresa poniéndolo en la sala. Imaginamos tener un sillón atorado a media escalera de por vida. Hay gente que pone una maceta, nosotros ponemos un sillón. Verdaderamente sería el descanso de la escalera, con un sillón para descansar. Este pensamiento absurdo nos provocaba risa nerviosa.

Con los calcetines nos resbalábamos y nos dieron ganas de hacer pipí, lo cual dificultaba las maniobras. Y no queríamos perder el tiempo yendo al baño porque nos quedaban segundos. Este es uno de esos casos en los que la adrenalina hace milagros. El sillón verde a media escalera dejó de ser chistoso, empezamos a entrar en pánico al imaginar los ojos verdes de mi mamá (que por cierto combinaban perfecto con el sillón), echando chispas. Hasta la risa nerviosa se esfumó y, después de una respiración profunda contamos:

—Uno, dos, tres…

Dando nuestro mejor impulso, el sillón se desatoró y pudimos subirlo. Llegábamos al último escalón cuando escuchamos que la reja se abría.

—¡Ya llegaron!

El sillón volvió a su extraño lugar justo a tiempo, y con un suspiro nos fuimos cada uno a su cama, pensando que, aunque raro, ese era un mejor lugar que el descanso de la escalera.

Quién nos iba a decir que con el tiempo hasta llegaríamos a encariñarnos con el sillón verde, que resultó ser el más cómodo del hall de la tele y hasta lo echamos de menos cuando se fue de la casa meses después.

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Silvia Ramirez de Aguilar P.

 

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